Los sábados por la mañana bien temprano tomábamos el colectivo 20 en la esquina de Palos y Av. Pedro de Mendoza, justo frente al dispensario y a pocos metros de la casa atelier del gran pintor argentino Benito Quinquela Martín. Éramos unos pibes de 13 años y esperábamos con ansias la llegada del fin de semana para ir a pescar a la ciudad deportiva de Boca Juniors, como aun no teníamos edad para viajar solos, aprovechábamos la compañía del padre de Horacio quien debía ir a trabajar cerca, en las barracas del puerto, en lo que hoy es el exclusivo barrio de Puerto Madero. Por la tarde cambiábamos de padre, el mío que tenía vehículo propio nos pasaba a buscar para depositar a cada uno en su respectiva casa.
Recuerdo que me levantaba de madrugada para llamar al semáforo náutico que estaba al costado de la usina Costanera Sur, allí siempre nos informaban con gentileza la altura del río y si estaba creciendo o bajando. Era una rutina solamente porque mi padre me había enseñado a leer las señales luminosas de la gran cruz que se veía desde el departamento donde vivíamos. Una luz blanca larga crecía, dos cortas bajaba, una roja larga 1 metro, cada roja corta 10 centímetros. De día también se podía saber la altura del río en virtud de la disposición de banderines a un lado u otro de esa misma cruz pero ya no recuerdo los códigos que se utilizaban.
Ciudad deportiva en 1974
Horacio, Alberto y yo éramos compañeros de colegio, estábamos en 1er año de la secundaria en el colegio San Juan Evangelista, salesiano, obra de Don Bosco. Yo era el nuevo, ellos venían de hacer toda la escuela primaria juntos. Cuando se enteraron que a mí también me gustaba la pesca se acabaron todas las barreras que existen entre jóvenes que recién se conocen e hicimos el grupo más unido que tuvo la escuela, tanto que luego de casi 50 años seguimos siendo amigos y vamos a pescar cada vez que podemos.
Volviendo al tema original nuestra única posibilidad de ir a pescar en esa época era a lugares cercanos, es decir dentro de la Capital Federal. Lo más cerca que teníamos era la costanera sur, pero como al presidente del club de fútbol Boca Juniors, por ese entonces don Alberto J. Armando le habían dado en el año 1965 la autorización para rellenar 40 ha. del Río de la Plata justo en ese lugar, no nos quedó otra posibilidad que ingresar al predio que estaban rellenando y construyendo e ir hasta donde el río llegaba.
Algo que nos facilitó el ingreso fue que tanto Horacio como su padre eran fanáticos de Boca y si bien no tenían dinero que les sobrara, con gran esfuerzo adquirieron el muy promocionado “bono patrimonial de la ciudad deportiva” que todos los socios podían comprar para colaborar con el club en la construcción de esa monumental obra que incluiría, entre muchas otras cosas, un nuevo estadio con capacidad para 150.000 personas que se inauguraría el 25 de mayo de 1975. Ese bono nos daba paso a la ciudad deportiva y por supuesto a pescar.
Al comienzo la obra avanzaba a pasos agigantados, era sorprendente ver cada semana como las construcciones tomaban forma, dos bellos puentes, por supuesto uno de color amarillo y el otro azul, posibilitaban que la gente cruzara una gran laguna con una fuente ornamental que lanzaba agua y de noche se iluminaba, un espectáculo poco frecuente en esa época. Una gran confitería con una terminación un tanto rara pero con una explicación que la hacía sorprendente, le colocarían una parte superior giratoria. Las canchas de tenis, las piletas de natación, el anfiteatro, todo era hermoso aunque por supuesto si bien admirábamos los avances, lo que más nos interesaba por ese entonces era llegar al “micro estadio” que era una isla redonda que se encontraba ubicada en la zona más alejada del predio, con un gran murallón circular que nos permitía pescar. El nombre de esa isla era el indicado porque allí en algún momento se construiría un pequeño estadio para deporte tales como básquetbol, tenis y boxeo.
Nuestra rutina de cada sábado incluía una primera parada bajo el puente amarillo para pescar “carnada” es decir mojarras que luego nos sirvieran para pescar pejerrey que era el verdadero motivo de nuestras jornadas. “La flecha de plata” era como denominábamos a ese pez cuya carne es exquisita. Claro que en esa época no había contaminación y se podía comer el fruto de nuestras correrías sin preocupaciones. También es cierto que los peces siempre los terminaban limpiando nuestras madres, creo que hubiera comenzado a practicar en esa época la “captura y suelta” si hubiera tenido que limpiarlos yo.
¿Por qué elegíamos el puente amarillo y no el Azul? no lo sé realmente, ahora pienso que quizás había mejores posibilidades de capturar mojarras, otra justificación es que en nuestro camino estaba mucho más cerca que el otro.
Durante algunos años fuimos felices yendo a la ciudad deportiva, nos divertíamos, pescábamos, veíamos como una gran obra tomaba forma delante de nuestros ojos. Era fascinante.
Pero en algún momento todo cambió. El presidente de Boca endilgaba la culpa al gobierno peronista y a la figura del enigmático secretario de la presidencia López Rega con quién se dice, tenía grandes diferencias. Éste último decía que todo había sido una gran farsa del carismático presidente. Lo cierto es que el 25 de mayo de 1975 el grandioso estadio no se inauguró, de hecho aún faltaba mucho para terminarlo. En 1976 el golpe de estado dio por tierra con el proyecto.
*** Ciudad deportiva abandonada*** Fuente
Las últimas veces que fuimos juntos ya se notaba el abandono. Maleza y pastos altos por todos lados, las máquinas paradas y juntando óxido, nuestro querido puente amarillo tapado por el pasto crecido y la basura acumulada.
También para nosotros pasó el tiempo y ya con unos cuantos años más pudimos ampliar nuestro radio de acción y preferíamos ir a pescar a algunas lagunas de la provincia de Buenos Aires; Lobos, Monte, la Salada Grande de Madariaga nos convocaban y nos otorgaban más y mejores peces.
Sin embargo hubo una visita más al lugar, ya totalmente derruido y con planes de urbanización que no contemplaban al club de la ribera. Yo no fui porque estaba haciendo el servicio militar y Horacio pescó un pejerrey enorme para ese lugar, lo guardó 4 meses en el congelador (en esa época no existía aun el freezer) hasta que salí de licencia para mostrármelo orgulloso.
Horacio jamás recuperó el dinero del bono patrimonial sin embargo nunca olvidaremos la ciudad deportiva, fue nuestro primer cuaderno en el aprendizaje de la pesca y de la amistad. Al menos en eso el proyecto se cumplió exitosamente.
Los sábados por la mañana bien temprano tomábamos el colectivo 20 en la esquina de Palos y Av. Pedro de Mendoza, justo frente al dispensario y a pocos metros de la casa atelier del gran pintor argentino Benito Quinquela Martín. Éramos unos pibes de 13 años y esperábamos con ansias la llegada del fin de semana para ir a pescar a la ciudad deportiva de Boca Juniors, como aun no teníamos edad para viajar solos, aprovechábamos la compañía del padre de Horacio quien debía ir a trabajar cerca, en las barracas del puerto, en lo que hoy es el exclusivo barrio de Puerto Madero. Por la tarde cambiábamos de padre, el mío que tenía vehículo propio nos pasaba a buscar para depositar a cada uno en su respectiva casa.
Recuerdo que me levantaba de madrugada para llamar al semáforo náutico que estaba al costado de la usina Costanera Sur, allí siempre nos informaban con gentileza la altura del río y si estaba creciendo o bajando. Era una rutina solamente porque mi padre me había enseñado a leer las señales luminosas de la gran cruz que se veía desde el departamento donde vivíamos. Una luz blanca larga crecía, dos cortas bajaba, una roja larga 1 metro, cada roja corta 10 centímetros. De día también se podía saber la altura del río en virtud de la disposición de banderines a un lado u otro de esa misma cruz pero ya no recuerdo los códigos que se utilizaban.
Ciudad deportiva en 1974
Horacio, Alberto y yo éramos compañeros de colegio, estábamos en 1er año de la secundaria en el colegio San Juan Evangelista, salesiano, obra de Don Bosco. Yo era el nuevo, ellos venían de hacer toda la escuela primaria juntos. Cuando se enteraron que a mí también me gustaba la pesca se acabaron todas las barreras que existen entre jóvenes que recién se conocen e hicimos el grupo más unido que tuvo la escuela, tanto que luego de casi 50 años seguimos siendo amigos y vamos a pescar cada vez que podemos.
Volviendo al tema original nuestra única posibilidad de ir a pescar en esa época era a lugares cercanos, es decir dentro de la Capital Federal. Lo más cerca que teníamos era la costanera sur, pero como al presidente del club de fútbol Boca Juniors, por ese entonces don Alberto J. Armando le habían dado en el año 1965 la autorización para rellenar 40 ha. del Río de la Plata justo en ese lugar, no nos quedó otra posibilidad que ingresar al predio que estaban rellenando y construyendo e ir hasta donde el río llegaba.
Algo que nos facilitó el ingreso fue que tanto Horacio como su padre eran fanáticos de Boca y si bien no tenían dinero que les sobrara, con gran esfuerzo adquirieron el muy promocionado “bono patrimonial de la ciudad deportiva” que todos los socios podían comprar para colaborar con el club en la construcción de esa monumental obra que incluiría, entre muchas otras cosas, un nuevo estadio con capacidad para 150.000 personas que se inauguraría el 25 de mayo de 1975. Ese bono nos daba paso a la ciudad deportiva y por supuesto a pescar.
Al comienzo la obra avanzaba a pasos agigantados, era sorprendente ver cada semana como las construcciones tomaban forma, dos bellos puentes, por supuesto uno de color amarillo y el otro azul, posibilitaban que la gente cruzara una gran laguna con una fuente ornamental que lanzaba agua y de noche se iluminaba, un espectáculo poco frecuente en esa época. Una gran confitería con una terminación un tanto rara pero con una explicación que la hacía sorprendente, le colocarían una parte superior giratoria. Las canchas de tenis, las piletas de natación, el anfiteatro, todo era hermoso aunque por supuesto si bien admirábamos los avances, lo que más nos interesaba por ese entonces era llegar al “micro estadio” que era una isla redonda que se encontraba ubicada en la zona más alejada del predio, con un gran murallón circular que nos permitía pescar. El nombre de esa isla era el indicado porque allí en algún momento se construiría un pequeño estadio para deporte tales como básquetbol, tenis y boxeo.
Nuestra rutina de cada sábado incluía una primera parada bajo el puente amarillo para pescar “carnada” es decir mojarras que luego nos sirvieran para pescar pejerrey que era el verdadero motivo de nuestras jornadas. “La flecha de plata” era como denominábamos a ese pez cuya carne es exquisita. Claro que en esa época no había contaminación y se podía comer el fruto de nuestras correrías sin preocupaciones. También es cierto que los peces siempre los terminaban limpiando nuestras madres, creo que hubiera comenzado a practicar en esa época la “captura y suelta” si hubiera tenido que limpiarlos yo.
¿Por qué elegíamos el puente amarillo y no el Azul? no lo sé realmente, ahora pienso que quizás había mejores posibilidades de capturar mojarras, otra justificación es que en nuestro camino estaba mucho más cerca que el otro.
Durante algunos años fuimos felices yendo a la ciudad deportiva, nos divertíamos, pescábamos, veíamos como una gran obra tomaba forma delante de nuestros ojos. Era fascinante.
Pero en algún momento todo cambió. El presidente de Boca endilgaba la culpa al gobierno peronista y a la figura del enigmático secretario de la presidencia López Rega con quién se dice, tenía grandes diferencias. Éste último decía que todo había sido una gran farsa del carismático presidente. Lo cierto es que el 25 de mayo de 1975 el grandioso estadio no se inauguró, de hecho aún faltaba mucho para terminarlo. En 1976 el golpe de estado dio por tierra con el proyecto.
*** Ciudad deportiva abandonada*** Fuente
Las últimas veces que fuimos juntos ya se notaba el abandono. Maleza y pastos altos por todos lados, las máquinas paradas y juntando óxido, nuestro querido puente amarillo tapado por el pasto crecido y la basura acumulada.
También para nosotros pasó el tiempo y ya con unos cuantos años más pudimos ampliar nuestro radio de acción y preferíamos ir a pescar a algunas lagunas de la provincia de Buenos Aires; Lobos, Monte, la Salada Grande de Madariaga nos convocaban y nos otorgaban más y mejores peces.
Sin embargo hubo una visita más al lugar, ya totalmente derruido y con planes de urbanización que no contemplaban al club de la ribera. Yo no fui porque estaba haciendo el servicio militar y Horacio pescó un pejerrey enorme para ese lugar, lo guardó 4 meses en el congelador (en esa época no existía aun el freezer) hasta que salí de licencia para mostrármelo orgulloso.
Horacio jamás recuperó el dinero del bono patrimonial sin embargo nunca olvidaremos la ciudad deportiva, fue nuestro primer cuaderno en el aprendizaje de la pesca y de la amistad. Al menos en eso el proyecto se cumplió exitosamente.


