
El
Abra del Acay tiene la fama de ser el paso rutero más alto de
América. Aunque no lo es, sí se trata de uno de los más altos del continente y es un objetivo de primer nivel para cualquier ciclista viajero.
Se trata, por supuesto, de una de las partes más escabrosas de la ruta nacional 40 y el tráfico que la atraviesa es prácticamente nulo.
Además, el estado de la ruta es variable, aunque la generalidad es que merece la calificación de intransitable. En verano, las lluvias dificultan el paso de los vehículos cortando la ruta en varios puntos y, en invierno, el intenso frío y las nevadas hacen su
paso bastante complicado.

La carretera sigue el trazado del antiguo camino incaico y preincaico, que unía la
Puna y el altiplano hoy
boliviano con los
Valles Calchaquíes, para lo cual se deben superar las altas montañas que los separan.
La red vial prehispánica realizaba ese cruce por dos vías: pasando por
Tastil y rodeando el
Monte Acay (de 5900 m.) por el Este, por el Abra de Ingañán (camino que realicé un año antes, pero a pie) a 4400 metros de altura, o por el Oeste, por el mismo Abra del Acay, a 4900 metros sobre el nivel del mar.
Este último trazado sigue la actual ruta 40, la misma que recorrieron las expediciones de los conquistadores Almagro y Matienzo, hace ya largos 450 años.
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